domingo, 26 de febrero de 2017

EL SER HUMANO ESTÁ ENTREGANDO SU PODER DIVINO A LAS MÁQUINAS

ALEJANDRO MARTÍNEZ GALLARDO. Publicado en pijamasurf. reproducido sin permiso.

Yuval Noah Harari se ha convertido en uno de los escritores de cabecera de los ejecutivos de Silicon Valley. En su Homo Deus: A Brief History of Tomorrow argumenta que los avances tecnológicos exponenciales, de la mano de la desigualdad que impera a favor de una élite privilegiada, crearán una brecha en la que los señores de este nuevo mundo serán tan diferentes de nosotros como nosotros de los neandertales. Esta nueva especie será el Homo Deus y la relación que surgirá entre la élite aumentada tecnológicamente a niveles indistinguibles de la divinidad y todos los demás será parecida a la actual entre hombres y animales. Todos los que no seamos parte de esta élite seremos como los animales de hoy en día: ganado, mascotas, curiosidades de zoológico y acaso el tema de una conmovedora campaña de conservación entre los Homo Deus (si es que la compasión y la empatía aún tienen tracción entre los miembros de esta especie).
Harari escribe que hemos llegado a un punto en el que podemos dedicarnos a objetivos trascendentales, habiendo superado nuestras necesidades básicas. "Al buscar la dicha y la inmortalidad, los humanos de hecho están intentando elevarse a la condición de dioses". Harari utiliza la palabra "upgrade", como si estuviéramos en un proceso en la cúspide de la historia de actualizar el programa humano e instalar la divinidad por medios tecnológicos. Harari olvida, sin embargo, que desde el principio de la civilización los hombres han querido hacerse dioses y que la sola conciencia ha hecho que, desde que se tiene memoria, la humanidad tenga un deseo de trascendencia que va más allá de lo meramente biológico. Lo que ha cambiado es sólo la percepción de cómo esto es posible en la mentalidad occidental. Deslumbrados por el poder de la tecnología, hoy en día las élites que controlan esta tecnología, y la economía que se basa en ella, se atreven a creer que la inmortalidad y una especie de divinidad mediatizada están ahora sí al alcance. Esto mismo, sin embargo, ha sido parte de otro tipo de grupos, que por mucho tiempo se han movido a los márgenes de la sociedad --se les llama místicos, aquellos que se mueven en el misterio, en el secreto, y que buscan agenciarse la experiencia de lo divino. Evidentemente, para la tecnoélite de nuestra civilización todas las tentativas de místicos, chamanes y demás son meramente balbuceos primitivos o alucinaciones que hoy se pueden explicar por medio de la neurociencia.
Desde el principio de nuestra civilización, en los textos religiosos más antiguos que tenemos, ha sido esencial a la condición humana la búsqueda de elevarse hacia lo divino. En esto consiste el misterioso ritual del Soma:
¡Hemos bebido el soma y somos ya inmortales!
Hemos logrado la luz, hemos hallado a los dioses. 
Rig Veda
Occidente tiende a desacreditar todo conocimiento que no sea parte del progreso del materialismo científico. Para los científicos de hoy, con sus sofisticados y multimillonarios aceleradores de partículas, es ridículo pensar que hombres semidesnudos hubieran podido conocer los secretos del universo hace miles de años simplemente mirando hacia el interior, utilizando el telescopio de la mente (lo que en la India se conoce como samadhi). Sin embargo, la ciencia moderna comparte con la religión antigua un impulso místico y espiritual hacia el conocimiento: la mayoría de los grandes científicos han estado inspirados en ideas religiosas: Copérnico, Galileo, Newton, Lemaitre, etc., todos vieron en las leyes del cosmos ecos del pensamiento divino. Inclusive la tecnología moderna, desde el Internet hasta la inteligencia artificial, tiene una inspiración en ideas místicas o mesiánicas, como ha demostrado David F. Noble en su libro La religión de la tecnología y como puede claramente constatarse revisando las ideas de Ray Kurzweil, el principal exponente del transhumanismo. "La esperanza de la salvación final a través de la tecnología, sin importar los costos humanos y sociales inmediatos, se ha vuelto la ortodoxia tácita, reforzada por un entusiasmo masivo por lo novedoso estratégicamente inducido por el marketing y avalado por un anhelo milenarista por nuevos comienzos", escribe Noble.
La modernidad ha interpretado a Prometeo como un héroe y ha considerado que la divinización del ser humano o su liberación de la esclavitud de las leyes de la naturaleza deberá ocurrir --como ocurre en cierta interpretación del mito de Prometeo-- a través de la tecnología. Es como si en nuestra fundación estuviera la tecnología ("mitos" modernos como la película 2001: Odisea en el espacio refrendan esta creencia). Sin embargo, hay otro mito que podría ser relevante considerar. En el mito de Dionisio Zagreo, según la visión órfica, éste niño divino es devorado por los titanes, lo cual despierta la furia de Zeus (el padre de Dionisio), quien los calcina con un rayo. Es a través de la mezcla de las cenizas de los titanes y de Dionisio que se crea la humanidad, de aquí se deriva la doctrina de la chispa divina que existe en el ser humano.
El anterior mito, el cual coincide con numerosas otras culturas, sugiere que el ser humano no se tiene que divinizar realizando una hazaña o construyendo un artificio, sino que es de hecho ya divino y sólo debe reconocer su propia naturaleza. Es de este origen divino que tiene potestad sobre la naturaleza y que puede crear e imbuir a sus creaciones de una cierta fuerza divina. En este sentido nuestra capacidad de crear "tecnología indistinguible de la magia", parafraseando a Arthur C. Clarke, es sólo una muestra de nuestra propia divinidad. La precognición del big data, la telepatía de la telefonía celular, la visión remota del Hubble, serían parte de nuestra propia naturaleza inexplorada. Hemos considerado el espacio como la última frontera sin haber antes conquistado la frontera de nuestra propia mente.
En 1918 Oswald Spengler escribió en La decadencia de Occidente:
Las máquinas toman formas cada vez menos humanas, más místicas, ascéticas, esotéricas. Envuelven el mundo con una red infinita de fuerzas sutiles, corrientes, tensiones. Sus cuerpos se vuelven cada vez más inmateriales, y cada vez menos ruidosos. Las ruedas, rodillos y palancas ya no son vocales. Todo lo que importa se retira hacia el interior. El hombre ha sentido que la máquina es diabólica, y con razón. Significa en los ojos del creyente la destitución de Dios. Entrega la causalidad divina hacia el hombre y por él, con una suerte de presagio omnisciente, se pone en marcha silenciosa e irresistible.
Spengler veía en la modernidad mecánica una pérdida del alma que animaba a la cultura: "Rige el cerebro, porque el alma se ha despedido". Es de notar la preciencia de Spengler al notar la tendencia de interiorización de la tecnología, esto tanto en su aspecto físico como funcional: al final lo que se busca replicar, la metatecnología, es la mente. Curiosamente, Marshall McLuhan, el teórico de medios más importante de la segunda mitad del siglo XX, también vio en la tecnología una usurpación diabólica:
Los ambientes de información eléctrica siendo totalmente etéreos fomentan la ilusión del mundo como una sustancia espiritual. Es ya un facsímil del cuerpo místico [de Cristo], una manifestación descollante del Anticristo. Después de todo el Príncipe de este mundo es un gran ingeniero eléctrico.
Tenemos aquí la noción no de la tecnología como una forma de obtener una divinidad ausente, sino como la forma de simular y suplantar una divinidad inherente o latente. Lo anterior no significa que la tecnología es diabólica, sino justamente que es diabólica o divina (que puede ser cualquier cosa que en ella proyectemos) porque es una representación in extenso de la conciencia humana y de la misma naturaleza que es "un símbolo del espíritu" (según Emerson). No es otra cosa que lo que ya existe en el ser humano, la mente desdoblada de manera que por momentos parece tener una existencia autónoma, hasta el punto de conjurar una inteligencia artificial, superior a la nuestra. Dice Borges: "El mayor hechicero (escribe memorablemente Novalis) sería el que el que se embrujara él mismo al punto de tomar sus propias fantasmagorías por apariciones autónomas. ¿No sería esta la verdad de nosotros? Yo conjeturo que así es".
Es mi tesis que el poder de la tecnología que hoy se antoja digno de una deidad, no es más que la transferencia del poder divino de la mente humana hacia una máquina. El hecho de que recurramos a la tecnología para manifestar nuestros deseos más profundos es sólo un síntoma de nuestra creencia ilusoria en la solidez del mundo, de nuestra fe ciega en la materia, esto es, la creencia de que vivimos en un mundo de objetos sólidos, separados, estables e independientes de nuestra mente. La física cuántica, a partir de la interpretación de Niels Bohr, ha demostrado que no existen fenómenos objetivos u objetos clásicos independientes de nuestra observación, incluso que no existe realmente eso que llamamos "cosas". El hecho de que hayamos logrado transformar radicalmente la naturaleza utilizando una serie de aparatos y herramientas, que son en realidad extensiones de nuestras propias facultades, más que una prueba de la valía de la ciencia materialista es muestra del propio poder de nuestra mente, del poder de la mente sobre la materia. El peligro de esta divinización de la máquina --basada en nuestra fe fetichista en el objeto y en lo objetivo-- es fundamentalmente una pérdida de fe en nuestro propio potencial humano, un desplazamiento de lo subjetivo hacia lo objetivo en el cual la conciencia humana crea un límite para sí misma y toda una panoplia de objetos que son sólo su propia fantasmagoría. Al apostar al objeto, a lo externo, a lo físico, abandonamos nuestra propia capacidad de manifestar lo divino como realidad cotidiana. Por usar un parangón tecnológico del potencial humano inherente, así glosa Leon Marvell las ideas de Leibniz en su libro The Physics of Transfigured Light:
Para Leibniz las mentes son almas racionales en virtud del hecho de que no sólo se asemejan a la deidad (son "pequeños dioses") sino que participan en lo divino a través de la presencia de la "luz resplandeciente" interna --una especie de transistor hipercelestial. Una figura contemporánea equivalente bien podría ser que los seres humanos tienen en su interior un aparato de comunicación luciforme que les permite una traducción instantánea entre la inteligencia divina (nous) y la inteligencia terrestre (mens). Mi descripción de este aparato como siendo "luciforme" no es metafórico-- el mismo Leinbiz lo invoca en la noción de un "cuerpo astral [luciforme]" en sus Nuevos ensayos, notando que es una pena que esta noción haya sido rechazada de manera tan poco crítica por sus contemporáneos...
Henri Bergson, en lo que parece haber sido un intento de conciliar la teoría de Darwin con la teología pero que hoy en día puede verse como un antecedente del transhumanismo, escribió que el ser humano tiene "la responsabilidad, entonces, de decidir si sólo quiere vivir, o intentar hacer el esfuerzo extra requerido para cumplir,  incluso en este planeta refractario, la función esencial del universo, que es una máquina para crear dioses" (Las dos fuentes de la moral y de la religión). Esta visión encaja perfectamente con el lenguaje progresista y milenarista del transhumanismo actual, y por lo demás es un reflejo de la visión mecánica del universo que rige aún la física (puesto que la física moderna sigue dominada por la física clásica en tanto que la física cuántica no ha sido asimilada como visión del mundo). Existe, sin embargo, otra visión y es aquella que sugiere que el universo no es una máquina de hacer dioses --cuya punta de lanza sería el ser humano-- sino que es la expresión de una divinidad autosuficiente, perfecta en sí misma, sin ninguna necesidad. Esta visión se articula en un lenguaje distinto; no se habla construir o de evolucionar sino de descubrir y reconocer. El tiempo no se percibe como una carrera o una competencia, sino como una ilusión o un juego. La diferencia es importante porque la primera nos vuelca hacia afuera, en una impetuosa conquista y explotación de la naturaleza y la otra nos hace voltear hacia adentro, a contemplar nuestra naturaleza primordial.


lunes, 13 de febrero de 2017

La catástrofe ultravioleta y la búsqueda de un nuevo Planck

Alvin Reyes

Uno de los primeros indicios de que había problemas en la física clásica lo fue la llamada catástrofe ultravioleta o catástrofe de Rayleigh-Jeans. Esta no es más que un fallo de la física clásica al explicar la emisión electromagnética de un cuerpo en equilibrio térmico con el ambiente. La curva que predecía la radiación emitida por un cuerpo negro derivada de la ecuación de Rayleigh-Jeans se ajustaba muy bien a la curva real para longitudes de onda largas, pero para longitudes de onda cortas divergía de una forma exagerada: no es que fuera algo diferente, es que era totalmente imposible (http://elfisicoloco.blogspot.com/2013/03/catastrofe-ultravioleta.html). Esta divergencia provoco un terremoto en la física hasta que Max Planck propuso los postulados que dieron origen a la mecánica cuántica.

La analogía que voy a usar ahora puede parecer un tanto forzada pero dada mi incapacidad para interpretar el mundo de una mejor manera echo mano de la única comparación posible que se me ocurre para lo que estamos viendo en el mundo hoy en materia social,  filosófica, histórica o política. Veamos algunos hechos que han ido asaltando el mundo en los últimos años. El orden no es cronológico.

·   El renacimiento de Rusia como una potencia de primer orden político y militar.
·    La expansión de  la economía China por todos los océanos.
·    El acercamiento de estas dos potencias, distinto a lo ocurrido durante la Guerra Fria.
·     El acelerado deterioro del medio ambiente.
·    El advenimiento del Internet y el establecimiento de las redes sociales como medio de expresión de  la sociedad (Amen de otras implicaciones nos referimos aquí a la oportunidad, nunca antes vista, de  la gente poder expresar y difundir sus ideas).
·     La victoria de Trump.
·     La muerte de Fidel.
·    El abandono por parte de la gente de las escuelas de filosofía (¿Podemos hablar de muerte de la filosofía?

Estos acontecimientos y muchos otros han tambaleado las creencias de muchos que aun intentan seguir explicando el presente y el futuro con ecuaciones del pasado. Tal como le pasó a la ecuación de Rayleigh-Jeans los fundamentos del pensamiento sociológico y filosófico de décadas atrás han quedado agotados, inservibles a la hora de explicar los fenómenos que están ocurriendo y los que vendrán.

Es esencial que seamos como Max Planck que a pesar de que su solución no le gustaba a nadie, ni siquiera a él mismo, pudo explicar el problema y abrió, para siempre, un nuevo campo en la física. Pero para lograr esto es preciso, como lo hizo él, dejar atrás viejos lastres, abrir la mente a nuevas ideas que nos permitan explicar y entender el mundo de la segunda edad de la máquina. De lo contrario será una verdadera catástrofe la que se nos venga encima en unos cuantos años.



martes, 7 de febrero de 2017

Te quiero, máquina

CARLOS RISCO Publicado originalmente en el pais

Reproducido sin permiso...

Aiko Chihira es una chica ciborg, un androide creado por Toshiba, y, además, es el robot más realista creado hasta la fecha. Obsesivamente humanoide, tiene el aspecto de una hermosa mujer oriental a la que han dotado de una delicada timidez y de una personalidad gestual claramente subyugada al humano que interactúa con ella. Toshiba no lo dice, pero tal vez Aiko Chihira encarne al precedente de robot sexual del futuro. En el Japón de hoy en día, las muñecas sexuales hiperrealistas son un negocio creciente (para hacerse una idea, no hay más que pasearse por las webs de Real Doll, Orient Industry o KanojoToys).

Ante el avance brutal de la robótica, reputados terapeutas sexuales como Ian Kerner han llegado a sugerir el empleo de robots sexuales “para ayudar a los seres humanos a superar traumas”. Como en el argumento la serie sueca Real humans o en Her, el futuro asocia inevitablemente la unión de humanos y robots bajo el todopoderoso sexo. Hombres y máquinas son un binomio inseparable, como ya lo son el coche o el smartphone.

El sexo era un paso predecible en la distopía presente. Aunque ya sea como tratamiento terapéutico o puro onanismo de calidad, voces como las del experto en Inteligencia Artificial Gareth Price han lanzado su grito al cielo, argumentando que, toda una generación crecida con juguetes sexuales inteligentes que aprenden sus preferencias “podría terminar con el contacto de esas personas con otros seres humanos”.
Erotismo de unos y ceros
Hace 40 años, Woody Allen planteaba en The sleeper (El dormilón), una sociedad distópica futura donde la vida sexual se ejercía en el Orgasmatron, un artefacto de alta tecnología donde los humanos alcanzaban el orgasmo en apenas unos segundos; y el ser humano contemporáneo, para algunos, va por el mismo camino. Aquel armario del placer, como la máquina del exceso de Barbarella, simbolizan el culmen erótico de una civilización hipertecnológica.

Entre los gadgets para la comunicación a distancia del sexo cibernético, un nuevo erotismo se despliega en una infinidad de formas ante un consumidor equipado con unas gafas de realidad virtual. La clave de toda experiencia estriba en los nuevos modelos como las gafas de Oculus Rift, las HTC Vive o las PlayStation VR.

Estas gafas, provistas de sensores de proximidad, acelerómetros, giroscopios, sensores geomagnéticos y dotadas de contenidos en percepción periférica, trasladan, directamente, a un convincente universo virtual. Así, como un videojuego en el que el usuario es protagonista, preparado para vivir en un universo virtual al que accede a través de experiencias 360º absolutamente inmersivas, donde el humano penetra en la realidad que prepara la máquina. Esta interactividad comienza a migrar desde los videojuegos hasta el sexo a la carta, que se aprovecha de imágenes reales en las que el espectador pasa a ser protagonista de la escena.

Del dildo a la 'app'

En la era del sexo digital, donde todo se cuantifica, se mide y se controla en aras del sacrosanto rendimiento, vibradores y apps cronometran los combates sexuales y proponen posiciones para hacer el amor, comenzando por OhMiBod, el dildo que vibra al compás de la música de un iPod y siete programas de vibración al servicio del usuario. Aunque no todo es recreación, también hay aprendizaje: algunas apps como Lick your Phone miden la eficacia de un culiningus a base de lametadas en la pantalla del iPhone, mientras HappyPlayTime promete a las mujeres jóvenes descubrir sus propios cuerpos con ejercicios y propuestas desde la pantalla táctil.

Por su lado, fruto de una exitosa campaña de
 crowdfunding, la startup Hum ofrece el producto más avanzado del momento: un consolador digital que reacciona y responde a las presiones ejercidas por los sensores ultrasensibles del dispositivo. Lo que está claro es que el sexo se digitaliza, como cualquier aspecto de la vida analógica. Hasta multinacionales de electrónica como Philips tienen en su catalogo masajeadores eróticos para parejas.

La doctora Helen Driscoll, de la Universidad de Sunderland, asegura que la robótica desempeñará un papel cada vez más importante en el mercado de la sexualidad. Algunos van más allá, como David Levy, de la Universidad de Maastricht, que sostiene que las relaciones sexuales entre los seres humanos y los robots serán inevitables.

Ya no sólo ligaremos a través del móvil, sino que las relaciones virtuales están a la vuelta de la esquina. Dispositivos como el Cyberith Virtualizer, un simulador de realidad virtual enmarcan la nueva frontera donde el armario de orgasmos de Allen es ya una realidad. Aunque Google haya capado a sus gafas de realidad virtual para el acceso a contenidos sexuales, muchos se esperan una avalancha de contenido pornográfico en ese mundo recreado, hacia donde parece ir la industria del cine erótico.

Y, sí, la electrónica se viene con nosotros a la cama. Sea con el contacto con robots humanoides o mediante el sexo remoto a través de dispositivos electrónicos, como Klic-Klic, un gadget de comunicación sexual a distancia desarrollado en Cataluña con aspecto dildo y dotado de una cavidad con depósito de líquidos en uno de sus extremos.

Klic-Klic permite la conexión entre dos aparatos por Internet o Bluetooth, devolviendo las sensaciones a su usuario según el grado de intensidad de sus estímulos.